¿Qué es procrastinar?

Aunque solo sea por lo que cuesta pronunciarla, una palabra así forzosamente debe referirse a algo feo y malo, y no andamos desencaminados. Pero probablemente no nos imaginemos que se trata de algo muy común y extendido por todo el universo, pues todos procrastinamos en alguna medida.

procrastinación

La palabra va siendo menos extraña en nuestro ámbito de habla hispana pero es todo un tópico en el universo de la gestión del tiempo y cada vez más en el mundo educativo. Construida desde el latín, vendría a significar “dejar para mañana”, y su concepto más técnico consiste en la acción repetida de postergar la realización de las tareas hasta un momento en el que nos causamos un perjuicio por no llegar a terminarlas a tiempo.

“¡Hombre! ¡Si es la pereza de toda la vida! ¡Dejar las cosas para el último momento!”. La verdad es que se trata de un fenómeno con distintas caras y varias causas posibles. No es cosa solo de perezosos, también lo desarrollan perfeccionistas. Lo cierto es que una gran parte de la población lo padece: alrededor de un 20% de la población mundial lo padece de manera crónica, con un impacto profesional y personal negativos. Llega a afectar a la salud y el bienestar psicológico del procrastinador, instalado en una tensión habitual estresante, por no hablar de las pérdidas económicas que llega a ocasionar.

¿Qué factores provocan la procrastinación?

El miedo, la ansiedad, el disgusto, el escaso autocontrol, una alta exigencia sobre sí mismo,… son algunos de los factores que desencadenan la procrastinación.

A cambio de un cierto bienestar presente el procrastinador deja de mirar a sus objetivos demorándolos para un momento siempre posterior, pagando el peaje de una suave inquietud de fondo ante el conjunto de tareas ocultas en el saco del futuro.

Una masa indefinida que no deja de crecer y que existe bajo la esperanza de que se hará más tarde. La capacidad de autoengaño del ser humano es muy poderosa: cuando algo no nos gusta, nos estresa o amenaza podemos meter la cabeza en la tierra como la avestruz, sabemos mirar hacia otro lado y distraer nuestra atención para prolongar nuestra aparente comodidad. El tiempo tiene cierta elasticidad y pensamos que siempre podemos esforzarnos más en el último momento y sacarlo adelante. Pero suele ser una historia inventada con un final trágico. “Siempre termina pillándome el toro”.

¿Se puede ser feliz y procrastinar habitualmente? Parece que no.

Una enfermedad de la educación

En campos como el educativo llega a ser señalado como un enemigo de primer orden y una pandemia de dimensiones mundiales. Según estudios pedagógicos bien contrastados, la inmensa mayoría del alumnado universitario Estado Unidense procrastina. Lo mismo pasa en Reino Unido, en España o en Turquía.

Ciertamente es un fenómeno que oscila con la cultura: los orientales procrastinan significativamente menos (¿tendrá que ver esto con la expresión “trabajar como un chino”?), pero también es importante.

El alumno español “normal” no estudia para los exámenes hasta los días anteriores inmediatos a su fecha, siendo además ese su primer estudio del contenido. El horror a los exámenes tiene mucha relación con la ansiedad ante un esfuerzo de fruto inseguro, siempre en el último momento.

Estas pautas “culturales” de comportamiento están socialmente asumidas, hasta el punto de que el propio profesorado rebaja la dificultad de los exámenes por la vía de disminuir la cantidad de contenidos y aumentar el número de pruebas. El resultado es que el alumno no cultiva su memoria a largo plazo ni un hábito de estudio planificado y sosegado. Lo que no se exige terminar por no darse y nadie premia al alumno que saca un ocho con un estudio paciente y dosificado frente al que obtiene la misma nota con el atracón del último día. Y sin embardo la diferencia es muy grande. Educar en una adecuada gestión del tiempo es importantísimo, más para los tiempos que corren. Será definitivo para el desarrollo profesional, pero también contribuye a una vida razonable y feliz.

Se puede y se debe educar en gestión del tiempo. Si hacemos caso a los estudios pedagógicos, no cabe duda de que es el factor sobre el que más se puede actuar para mejorar el rendimiento académico. La procrastinación y un mal hábito de estudio sirven para predecir el abandono temprano en educación y las pérdidas económicas por este concepto se cuentan por miles de millones. En cambio, la adquisición de un buen hábito de estudio está ligada a un mejor rendimiento académico.

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Para este objetivo es necesario planificar el estudio. Así el procrastinador empieza a hacerse consciente de su realidad y las consecuencias de sus decisiones de demorar las tareas. Una buena planificación nos anticipa la escasez de tiempo y nos ayuda a centrar nuestro esfuerzo por sacar adelante las tareas. Pero como programarse bien es difícil y requiere de una buena dosis de sinceridad consigo mismo que al procrastinador no siempre lo sobra, en Task & Time se nos ha ocurrido rebajar este primer obstáculo con un planificador automático inmune al autoengaño. Hemos creado STUDEAM, algo soñado por tantos estudiantes que confesaban su pereza para poner claridad y orden en el saco oscuro de sus tareas pendientes.

Pero no nos engañemos: muchas veces esto no será suficiente… Planificarse bien no implica que el estudiante lo cumpla, más bien le ayudará a ver la gran distancia que hay entre lo que debería ocurrir y lo que puede conseguir realmente. En este esfuerzo hace falta perseverancia y probablemente sentir que se “rinde cuentas” cada día, es decir, alguien con quien compartir la actividad diaria y por quien el estudiante sienta que debe esforzarse. Serán los padres, el tutor, el profesor particular, un coach o un buen amigo. Alguien en quien confiar, que nos acepta como somos para ayudarnos a conseguir nuestro objetivo y que nos lo recuerda frecuentemente.

 

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