El proceso de aprendizaje necesita contraste, necesita evaluación, necesita quien nos oriente y corrija para poder avanzar. Es parte inherente al proceso educativo y lo necesita cualquier estudiante para no perderse.

Además, es necesario por parte de las administraciones educativas para vigilar la calidad del sistema educativo y también para seleccionar adecuadamente al alumnado, encauzando de la manera más inteligente y eficaz las habilidades de cada uno.

Pero evaluar bien no es fácil. Los recursos humanos y materiales para la labor tienen limitaciones. Hay prácticas de largo recorrido como los exámenes que se han convertido en la forma preponderante para evaluar y obtener una calificación, con sus bondades y sus defectos. Probablemente sea la forma más “económica” de evaluar, principalmente sobre contenidos, pero no la más eficaz ni motivante.

Por otra parte, las leyes educativas insisten de manera creciente en evaluar competencias más que contenidos. Teniendo en cuenta que lo principal es que el alumno “aprenda a aprender” y sea autónomo en este proceso, pero también aprenda a trabajar colaborativamente, las pruebas tipo examen o trabajo de grupo parecen muy pobres. Pues juzgan unas capacidades sólo por el producto final.

Para muchos profesores es evidente que tan importante o más es adquirir unos contenidos como ganar en disciplina de trabajo. Un alumno constante en su estudio, en su esfuerzo por sacar las cosas delante de forma responsable, llegará a donde quiera y aportará un gran valor a la sociedad en su futuro profesional.

No es lo mismo una calificación alta lograda en un examen exitoso por el atracón de estudio del último día, que esa misma calificación obtenida fruto de un aprendizaje reposado y regular. Son personas que están desarrollando su aprendizaje de forma muy diferente con consecuencias muy diferentes, que normalmente no puede captar el examen o el trabajo final, sobre todo si las pruebas abarcan contenidos no demasiado extensos, como suelen ser las habituales en la enseñanza obligatoria. Si se pudiera, es algo que debería evaluarse, pues forma parte vital del proceso de aprendizaje y crecimiento del alumno.

¿Cómo evaluar la disciplina de trabajo y la gestión del tiempo?

En la enseñanza obligatoria es complicado, porque el profesor dispone de un tiempo y una capacidad de observación limitados para el número de alumnos que maneja. Y sería difícil ser objetivos observando a cada alumno de una manera artesanal.

Sin embargo, esperamos aportar pronto una vía nueva para lograrlo, gracias a la tecnología. En breve se lanzará Studeam, una agenda digital sorprendente capaz de recoger la huella del estudio diario del alumno, susceptible de ser analizada y evaluada, con todo el potencial que ello conlleva. Se trataría de “entrenar” al estudiante a estudiar con un apoyo parecido al de las aplicaciones deportivas que ya manejan, y aprovechar la información del proceso seguido para sacar la foto del hábito de estudio que desarrolla el estudiante.

Los profesores podrán saber en el futuro si un estudiante trabaja bien o mal, poco o mucho, de forma regular o de manera inconstante, con una objetividad suficiente como para poder evaluarlo. Task & Time está creando este nuevo camino para cambiar sustancialmente la noción de rendimiento académico que se maneja hasta ahora.

Eso sí, el centro educativo debería tener antes la carga de estudio bajo control con StudyTask para poder procesar adecuadamente la información de los alumnos. Esto es algo que ya se empieza a hacer, preparando el futuro próximo de la educación en gestión del tiempo del alumnado.

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