La importancia de un planificador del estudio 

El uso de las TIC y los dispositivos informáticos en la educación puede ser, en ocasiones, un error pedagógico y un gasto injustificado. Sobre todo si, al modelo seguido los últimos años, se añade la urgencia de los confinamientos por la pandemia. La tecnología en sí misma carece de valor, y su aplicación como exhibición de un cambio educativo puede volverse en contra de los centros educativos si no va dirigida y acompañada por un auténtico cambio educativo.

El mercado Edtech es enorme y promete hacerse mayor todavía, con tasas de incremento superiores al 17%. A diferencia de la mayoría de los mercados, no parece que se encuentre amenazado por la pandemia. La presión para la digitalización de las aulas y los procesos educativos se ha confundido e, incluso, identificado con la necesidad de cambiar unos modelos educativos que han quedado desactualizados. No obstante, son cosas diferentes, aunque ambas sean necesarias y tengan relación entre sí.

Dicho esto, es cierto que hay algunas aplicaciones de la tecnología que son indispensables para la educación porque responden a necesidades que siempre han existido. Una de ellas es la planificación, un elemento imprescindible de la gestión del tiempo y el hábito de estudio. Es necesario potenciar el estudio autónomo de los alumnos y procurar que adquieran un buen hábito de trabajo. El confinamiento y el paso a la formación online lo han puesto en evidencia. Debe quedar claro qué hay que hacer en cada momento para poder evaluar cómo trabaja el alumno.

 

¿Dónde reside la importancia de la planificación en el estudio?

Las dos referencias que estructuran cualquier actividad humana son el espacio y el tiempo. Nuestra psique se mueve entre ambas coordenadas y necesita concretarlas para que la actividad sea eficaz. Por ello, cuando se quiere ayudar a las personas que presentan un alto grado de desorganización, hay que procurarles un marco muy ordenado de actividad que les aporte seguridad en su día a día. Los bebés y los niños lo necesitan para crecer sanos y fuertes, y los mayores no deberíamos perderlo nunca.

Sin embargo, el mundo occidental actual no favorece estas referencias. Somos presa de una inquietud que nos hace saltar de una cosa a otra de forma continua, dispersando las energías y alejándonos de nuestros propósitos. Tener los oídos y los ojos abiertos a cualquier propuesta es un error que nos dificulta atender y concentrarnos en lo que importa. La impulsividad y la irreflexión son hermanas en este modo de operar, y se acrecientan en el universo digital.

La planificación es indispensable para realizar una actividad compleja y sostenida en el tiempo, puesto que este último es un recurso finito. El orden de ejecución de las tareas y los cambios que experimenta la persona según pasan las horas, repercuten en la realización de cualquier actividad. En un contexto educativo, la planificación se convierte en un campo de trabajo prioritario y, en el universo digital que hemos descrito, algo gravemente urgente.

No se trata sólo de anotar en una agenda las tareas que se deberían hacer para no olvidar cuándo han de ser entregadas. Se rata de ordenarlas en el tiempo para hacer las que toca cuando verdaderamente toca. Algo así como una agenda que ordenara ella misma las tareas, un agenda que planificara.

 

¿Por qué un planificador digital?

Planificar es un arte personal y un ejercicio exigente de autoconocimiento y reflexión. Por eso, no existe una planificación objetiva válida y eficaz para todos. Se trata de una actividad esencialmente personal porque debe poner en juego la relación que existe entre el sujeto y las tareas que quiere sacar adelante. Su estado de ánimo, sus expectativas y su energía son elementos personales que deben quedar plasmados en la planificación si esta pretende ser eficaz. En esta labor, el sujeto es insustituible por ninguna herramienta informática que piense y decida por él.

Sin embargo, siempre existen unas cuantas reglas objetivas en cada actividad que permiten articular una lógica de partida que sí es válida para todos. En las tareas académicas, estas reglas parecen muy claras. Por ejemplo, si se quiere optimizar el aprovechamiento del tiempo, el criterio de urgencia es el principal: hacer primero lo que hay que entregar antes porque no se sabe qué tareas nuevas se recibirán mañana (al menos en el contexto escolar español).

Así pues, hay dos grandes enemigos de la planificación habitual. El primero es la pereza, ya que se trata de una tarea que necesita tiempo y esfuerzo. El segundo, el autoengaño en la estimación de los tiempos. Nuestros deseos y expectativas están constantemente desviando nuestras estimaciones. Solo por estas razones, un planificador digital que automáticamente proporcione una planificación objetiva como punto de partida, ya puede ser una gran ayuda y, en muchas ocasiones, usarse como planificación definitiva. Además ofrece otras ventajas respecto a la planificación manual que ya hemos tratado en otro post anterior.

Sorprende que no se hayan construido antes estos planificadores digitales o virtuales, pero creemos que no se debe tanto a la complejidad informática sino a la metodológica. No es fácil reconocer ese conjunto de reglas objetivas de planificación que son propias de la actividad académica. Hace falta articular un método convincente. Nuestro propio análisis nos ha llevado a construir STUDEAM: la primera app que planifica el estudio y los deberes. En próximos posts, iremos desgranando las ventajas de STUDEAM frente a la planificación manual, así como la aportación metodológica de STUDEAM a los contextos académicos.

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